Cuando no sé solucionar mi vida, escribo. Escribo siempre que mi corazón sufre. Me gustaría escribir una bonita historia de amor, o incluso una historia sin amor, pero siempre termino escribiendo por desamor.
Éstos días en que la escritura es mi única terapia, me alejo de mi hija, porque para escribir me aislo,busco más momentos a solas, quiero estar definitivamente sola. Y sé que no es justo, que ella no es la culpable de mi estado catatónico, sino más bien mi única salvación. Aún así, aprovecho cualquier momento para esar sola.
Ahora pienso en el momento en que decidí que era la hora de que llegase a mi vida. Tenía claro que iba a llegar, que mi hija sería mi tesoro, que el amor de un hombre no podría jamás ser más profundo y verdadero del que sintiese por ella - porque estaba segura de que iba a ser ella-, y en medio de un conflicto sentimental con su padre decidí que ése era el día. Mientras la engendraba no disfrutaba sólo del momento de sexo que estaba teniendo, porque recuerdo que pensé, en el momento mismo en que su padre me llenaba de su semen, "eres mi hija deseada, hoy te engendro, hoy es el día". Fue un instante, pero jamás podré olvidar ese placer. Un mes y medio después, cuando pensaba que no había sido posible, me confirmaron la noticia.Y ya nunca más se ha separado de mí.
El amor de su padre falló, como también lo han hecho el de otros hombres, pero el suyo sigue intacto. La mando lejos en verano, es la niña de la mochila. Desde que murió su padre viaja más que el baúl de la Piqué, pero es mi niña, mi vida, mi ilusión y mi esperanza.
Me llevo fatal con ella, discutimos, la castigo, me desespero y me siento culpable por todos y cada uno de los azotes o collejas que la he dado, por los momentos en que la he dejado sola para llorar por las esquinas por culpa de un hombre, por la de horas que la he acoplado con los abuelos para estudiar o para salir de fiesta, y sin embargo ella me sigue queriendo.
Si me ve triste intenta alegrarme, me cuenta chistes malísimos, de esos que cuentan los niños con 8 años. Si me sorprende llorando, me seca las lágrimas con sus manos y me aprieta contra su corazón para que me calme. Parece mi madre más que mi hija. Yo sabía que la iba a necesitar. Ella no me abandonará nunca. Se marchará, porque tiene que hacerlo, pero no me abandonará como lo han hecho hasta ahora todos y cada uno de los hombres que han pasado por mi vida.
Unos me abandonaron por las drogas, otros por el trabajo e incluso por la muerte, otros por el destiempo, por otra mujer y otros por la chispa, pero ella no lo hará nunca.
Por la noche cuando duerme es verdad que parece un ángel, es un tópico, pero no puedo compararla con nada más bonito, transmite una paz y una felicidad infinita. Cuando se ríe alegra mi corazón, cuando se siente triste, siento que se me parte el alma y cuando discutimos me invade una pena profunda, honda, que me deja sin aliento y sin fuerzas.
Ella no es mi amiga, se lo he dicho cien veces, porque la quiero por ser mi hija, esa personita que traje al mundo de manera totalmente egoísta, para tener a alguien a quien querer toda la vida.
Un día como hoy, cuando lloro por desamor, sólo ella puede consolarme, porque es mi niña, mi vida, mi ilusión y mi esperanza.
Si alguna vez un hombre valiente quisiese quedarse a mi lado, se dará cuenta de que la suerte ha llamado a su puerta, pues no sólo tendrá mi amor, sino que podrá saborear la delicia de vernos felices a mí y a mi hija.
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