"A lo largo del día no había recibido ni una llamada ni un mensaje de él, o lo que es lo mismo, carecía de la medicina necesaria para poder conciliar el sueño. Así que, tendida en la cama boca arriba, con la cabeza apoyada en el brazo derecho a modo de almohada, pensaba en la larga noche de insomnio que me esperaba.
Hacía calor, así que tan solo me había acostado con las braguitas y una camiseta. Miraba fijamente al techo intentando dejar mi mente en blanco cuando, de repente, sentí un profundo dolor en el lado izquierdo del pecho, era un dolor agudo y hondo, como si me faltase una parte de mi cuerpo, como si se me hubiese quedado un hueco. Levanté un poco la camiseta y me miré.
Oh, Dios! Qué me está pasando?. Vi como mi carne se abría a la altura del corazón, era una brecha inmensa y roja. Entonces comenzó a palpitar más fuerte, como si se fuese a salir, un trozo de carne que subía y bajaba, hasta que finalmente se partió por la mitad y comenzaron a salir unas pequeñas mariposas de color blanco. Al principio pensé que eran polillas, se arremolinaban sobre mí y luego ascendían hasta la mitad de la habitación aproximadamente."Qué mal rollo -pensé-, tengo polillas en el corazón, ya no puedo sufrir más". Sin pensarlo, cogí una de ellas y me la acerqué bien a la vista. No era una polilla, era una delicada mariposa de un blanco intenso, y en cada una de sus alas llevaba dibujado un pequeño círculo negro dentro de una circunferencia, como si fuesen ojos. No daba crédito a todo aquello, eran bonitas, muy bonitas, y yo tenía el corazón repleto de ellas.
A continuación esa masa de mariposas blancas que se suspendía sobre mí, como si de una flota en formación se tratase, comenzó a posarse en el lado derecho de mi cama, formando una silueta perfecta. ¡Era él!, habían construido una réplica exacta de mi amor, su ojos, sus labios, sus hombros, todo él me miraba, apoyándose de costado sobre su brazo. Parecía que de un momento a otro me iba a rodear con sus brazos mientras me miraba profundamente.
Todo mi amor, guardado cuidadosamente en mi corazón, se había convertido en él. Mis mariposas, ésas que revoloteaban en mi estómago cuando él se acercaba, me tocaba o simplemente me llamaba y oía su voz, habían subido hasta mi corazón, ahora vacío, para salir a llenar su hueco en el otro lado de la cama.
Entonces alargué mi mano para poder tocarle la cara, lo hice muy despacio para evitar que ésos frágiles animales pudiesen asustarse, pero apenas rozaba la silueta, las mariposas deshacían su figura. Aparté de inmediato la mano y volvieron a su formación, creando una vez más aquella ilusión, mientras mi corazón dejaba de latir lentamente.
Si intentaba tocarle, me quedaba sin él, y si no hacía el intento de acercarme, me moría yo por no poder tan siquiera rozar su piel, oír su voz, saborear sus besos. Calculé las probabilidades, intenté en la medida de lo posible y con la urgencia que requería aquella situación, sopesar los pros y los contras, y por fin, supongo que fue cuestión de segundos, aunque me pareciesen horas, decidí no moverme. Decidí morir viendo cómo sus ojos me miraban tranquilamente, llenos de amor. No hubiese deseado otra cosa más que tenerle a mi lado, diciéndome adiós mientras yo inhalaba el último soplo de vida que me quedaba. No sabía qué hacer con todo el amor que había en mi corazón si no era para él, de modo que todas mis mariposas blancas y en perfecta sintonía, aletearon para mí durante aquel eterno instante."
Hacía calor, así que tan solo me había acostado con las braguitas y una camiseta. Miraba fijamente al techo intentando dejar mi mente en blanco cuando, de repente, sentí un profundo dolor en el lado izquierdo del pecho, era un dolor agudo y hondo, como si me faltase una parte de mi cuerpo, como si se me hubiese quedado un hueco. Levanté un poco la camiseta y me miré.
Oh, Dios! Qué me está pasando?. Vi como mi carne se abría a la altura del corazón, era una brecha inmensa y roja. Entonces comenzó a palpitar más fuerte, como si se fuese a salir, un trozo de carne que subía y bajaba, hasta que finalmente se partió por la mitad y comenzaron a salir unas pequeñas mariposas de color blanco. Al principio pensé que eran polillas, se arremolinaban sobre mí y luego ascendían hasta la mitad de la habitación aproximadamente."Qué mal rollo -pensé-, tengo polillas en el corazón, ya no puedo sufrir más". Sin pensarlo, cogí una de ellas y me la acerqué bien a la vista. No era una polilla, era una delicada mariposa de un blanco intenso, y en cada una de sus alas llevaba dibujado un pequeño círculo negro dentro de una circunferencia, como si fuesen ojos. No daba crédito a todo aquello, eran bonitas, muy bonitas, y yo tenía el corazón repleto de ellas.
A continuación esa masa de mariposas blancas que se suspendía sobre mí, como si de una flota en formación se tratase, comenzó a posarse en el lado derecho de mi cama, formando una silueta perfecta. ¡Era él!, habían construido una réplica exacta de mi amor, su ojos, sus labios, sus hombros, todo él me miraba, apoyándose de costado sobre su brazo. Parecía que de un momento a otro me iba a rodear con sus brazos mientras me miraba profundamente.
Todo mi amor, guardado cuidadosamente en mi corazón, se había convertido en él. Mis mariposas, ésas que revoloteaban en mi estómago cuando él se acercaba, me tocaba o simplemente me llamaba y oía su voz, habían subido hasta mi corazón, ahora vacío, para salir a llenar su hueco en el otro lado de la cama.
Entonces alargué mi mano para poder tocarle la cara, lo hice muy despacio para evitar que ésos frágiles animales pudiesen asustarse, pero apenas rozaba la silueta, las mariposas deshacían su figura. Aparté de inmediato la mano y volvieron a su formación, creando una vez más aquella ilusión, mientras mi corazón dejaba de latir lentamente.
Si intentaba tocarle, me quedaba sin él, y si no hacía el intento de acercarme, me moría yo por no poder tan siquiera rozar su piel, oír su voz, saborear sus besos. Calculé las probabilidades, intenté en la medida de lo posible y con la urgencia que requería aquella situación, sopesar los pros y los contras, y por fin, supongo que fue cuestión de segundos, aunque me pareciesen horas, decidí no moverme. Decidí morir viendo cómo sus ojos me miraban tranquilamente, llenos de amor. No hubiese deseado otra cosa más que tenerle a mi lado, diciéndome adiós mientras yo inhalaba el último soplo de vida que me quedaba. No sabía qué hacer con todo el amor que había en mi corazón si no era para él, de modo que todas mis mariposas blancas y en perfecta sintonía, aletearon para mí durante aquel eterno instante."


