martes, 28 de abril de 2009

Recuerdo que...

Recuerdo que tuve un novio con veinte años que me preparaba colacao fresquito en pintas de cerveza para recuperar las fuerzas entre polvo y polvo...ummm ¡qué rico estaba!. Me bailaba, me cantaba en play back y me traía uvas a la cama. Un encanto.

Recuerdo que hace veinte años celebré mi cumpleaños con mis amigas cenando hasta que empalmé la cena con una juerga imprevista al lado de un periodista deportivo (entonces despuntaba, hoy está algo más reconocido) y un equipo de baloncesto. Yo, metro y medio mal medido, bailando y bebiendo con todo el equipo de chicarrones en un garito muy famoso de Madrid, hasta que, borrachos mi amigo y yo, terminamos en aquel coche fantástico con suspensión manual, probándome el conjuntito de ropa interior que me habían regalado mis amigas. Jajaja, ¡qué desparrame!.

Recuerdo que una vez al día recibía una llamada interior desde el teléfono de un compañero secreto, e inmediatamente comenzaba un ritual basado en la escapada furtiva al ascensor de la consejería so pretexto de sacar un café de la máquina. Nos encontrábamos en aquel habitáculo cerrado y móvil, pasando de la última planta del edificio al almacén del sótano, y allí nos abalanzábamos el uno sobre el otro, nos sobábamos y nos comiámos la boca, el corazón se me salía del pecho, la adrenalina recorría mi circuito y se me empapaban las bragas. Por institnto, me arreglaba el pelo, me secaba la boca y salíamos del ascensor charlando amigablemente sobre cualquier tema intrascendente que se nos ocurría, sacábamos la coca-cola y el café al más puro estilo CámaraCafé y retornábamos al ascensor para repetir la escena de bajada pero en sentido contrario. Nos despedíamos con una mirada cómplice y regresábamos cada uno a su sitio. ¡Ufff, qué calores!.

Recuerdo que tomaba baños de espuma en mi bañera junto al padre de mi hija, y para que yo no dijese que aquello no era glamouroso, él conseguía convertir la bañera en un yacuzzi natural, a base de aires corporales.¡Qué risa!.

Recuerdo que a menudo me llamaba un amigo para darle a la sinhueso sin límite de tiempo, una hora, una hora y media, dos horas.... unas veces hablaba yo sola, otras le tiraba de la lengua a él, hasta que yo empezaba a bostezar, se me abría tanto la boca que me podía ver a través de la línea de teléfono, momento en el que se daba por satisfecho y me mandaba a la cama. Conversaciones ligadas, mutuo entendimiento, complicidad y mucha mucha confianza para decirnos cualquier cosa. Recuerdo que hasta las broncas, que las hemos tenido, han merecido la pena. ¡Qué gusto tener amigos así!.

Cuando tengo un rato tranquilo, recuerdo, recuerdo siempre momentos buenos y agradables porque los malos recuerdos prefiero aparcarlos en un cajoncito de mi cerebro bajo llave, esos otros ya se activan solos cuando menos te lo esperas.

Y los sueños, sueños son

Fuera en la calle soplaba el viento y se acercó a cerrar las puertas correderas del salón porque se estaban volando las cortinas. Al mirar a través del cristal, vió que había mucha gente en la calle, paseando por en medio de la calzada.

- Pero bueno, con el día que hace, ¿qué hay hoy en la calle para que todo el mundo salga, es Semana Santa?

- Síiii, mamááááá, estamos en Semana Santa- gritó la enana de seis años desde su habitación-. Hoy hay "profesión", o no lo sabes?.

"Ah! claro, por eso ha salido todo el mundo fuera. Con lo bien que se está en casita, se va a poner a llover de un momento a otro."- pensó con una sonrisita en la cara. Tranquila y melancólica miraba el ir y venir de la gente y esperaba que se cruzase el famoso paso del Cristo.

En cuestión de segundos no daba crédito a lo que veía. Ahí, al otro lado de la calle, inmóvil, mirándola fijamente, estaba Él. Sin pensarlo dos veces abrió la puerta de un golpe y salío corriendo a su encuentro. El frió le dió en la cara, pero no lo sentía, a pesar de llevar tan solo una camisa y un vaquero no podía pensar en perder el tiempo para coger un abrigo. Le llamó a gritos mientras se acercaba, pues el bullicio de la fiesta podía hacerla perder a su "jefito". El la esperó clavado en su sitio. Cuando estuvo a su altura se lanzó a su cuello y se colgó de él, que la cogió en volandas como si de una niña pequeña se tratase. Y así, en sus brazos, con las piernas rodeando su cuerpo y apretándose a su cabeza le besó en la cara, en los labios, en el cuello. Su corazón latía mucho más allá de lo permitido, su alegría superaba lo infinito, sus ojos llenos de lágrimas no podían verle, pero podía olerle y sentirle. Él también la abrazaba con fuerza.

- ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Por qué nos hiciste creer que habías muerto?. No tienes ni idea de lo que hemos sufrido por tí. Perdona, perdona, perdona, perdona por haberte perdido el respeto, por haber huído, por haberme refgiado en otros hombres, por no comprenderte, por no amarte lo suficiente para haberte entendido, sabes que te quiero y ahí dentro está tu hija, ella te necesita, ¿cómo has sido capaz de abandonarla?. Ve a casa y dila que has vuelto para estar con ella.

- Os quiero, tuve que hacerlo, por vosotras. Te he querido tanto y te quiero, y quiero tanto a mi hija que no puedo permitir que os pase nada por mi culpa. Tuve que hacerlo. Ellos me obligaron. Me tengo que ir, ahora definitivamente.

-¡Noooo!, ¡No, otra vez no! por favor.... Las lágrimas corrían por sus mejillas, imposible de contenerse, se ahogaba.

- De lo contrario tendría que matar al hijo. Ellos querían que matase al hijo de Dios. No lo hice y ahora voy a pagar por ello.
Llegaba el paso del Cristo en la Cruz, bailado por cincuenta costaleros, guardado por los fieles y seguido por las mujeres de luto. Entonces, sacó la pistola de su abrigo.

No podía ser, no ahora. De entre la multitud aparecieron tres hombres trajeados de negro y gafas oscuras, sacaron sus armas y apuntaron a su marido. Ella gritó hasta perder la voz, un ¡NOOOOOOOO! irrepetible pero ahogado por los tambores de la procesión. Entonces Rubén apuntó al Cristo. No entendía nada, por qué apuntaba a una imagen, a quién quería matar,Dios ya sangraba por su costado, cuál era su misión en la tierra. Por qué iba a morir por segunda vez. Sonaron los disparos que acertaron al corazón de su marido, que cayó desplomado, fulminado.

- Lo hice por vosotras. Os quiero. Perdonadme por tanto dolor. Dila que la quiero.

No iba a disparar a Jesús. No iba a matar al AMOR. Ha venido a despedirse -sonaban las palabras en su cabeza. Seguía llorando por él, de rodillas en el suelo, tapándose la cara con las manos, pero esta vez con calma. Hacía frío. Soplaba el viento. Llovía.