miércoles, 8 de junio de 2011

Fundidos

Allí estaba ella, acurrucada entre sus brazos, con sus nalgas pegadas a él en perfecto ensamblaje, sin poder distinguir dónde terminaba su piel y empezaba la de él. Su sudor se mezclaba con el sudor de él, su vello ya no era suyo, era de él y sus poros transpiraban al compás del aliento de él. Entonces pensó que aquel momento de fusión debería ser eterno, aquel en que nada ni nadie podría despegarles porque eran uno, sintiendo juntos, enredados, fundidos, unidos por la misma energía que recorría sus cuerpos, vivos. Ella respiraba y sentía a la vez sobre su lóbulo el aire caliente de sus pulmones. Un sólo corazón latiendo al unísono, y un único pensamiento, el de quien sabe que su pasión, su droga, yace en el mismo lecho, porque hay almas destinadas a gozar y a sufrir juntas, sin ningún tipo de razón.

Y allí mismo, ella lloró de alegría y de pena. No hubiese cambiado ese momento por nada en el mundo, porque allí, en su cama, él era suyo y ella era de él.

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