Si es verdad que el destino está escrito, por qué tenemos que dar tantos rodeos para llegar a él?, acaso no sabemos leer y nos empeñamos en dar vueltas, buscar caminos alternativos, perdernos y evitar el norte a toda costa, cuando lo tenemos ahí en frente esperándonos.
Mi destino, tú. Mi rodeo, mi vida. No quiero dar más vueltas, dejaré de luchar contra el destino, caminaré despacio sin mirar atrás, porque sólo así el destino empezará a tornarse claro. Si no llego a la meta, al menos sé que existe. He buscado al hombre perfecto, a sabiendas de que sólo el más imperfecto de todos me hace vibrar.
Si no puedo acelerar el final reconociendo mis errores, declarando mi amor a los cuatro vientos y poniendo mi vida entera a disposición suya, seguiré el rumbo que marque mi vida con la esperanza de que el destino, cuando deje de poner trabas, permita que me encuentre. Luchar está visto que no sirve de nada. Sustituirlo tampoco. El destino es así de perseverante, es caprichoso. Es el que és.
Gracias a Dios, yo ya he saboreado parte de él, y por eso no encuentro quien lo iguale. Fueron momentos breves pero tan intensos que jamás se repetirán en otro lugar ni con otra vida. Como tampoco se repetirá el dolor de perderlo, de no entenderlo o de verle dudar. He aprendido a querer a mi destino, a conocerle, incluso a entenderle. Es lo que tiene vivir años en paralelo con tu destino. Y eso mismo es lo que permitirá que no me desvíe de nuevo, que enderece el rumbo, que disfrute de él y que esprima cada minuto a su lado, sacando partido a la vida, intentando ser prudentemente feliz. Eso se lo debo a la experiencia. Probablemente mi vida esté destinada a aprender a vivir sin pedirle más al destino.
Sigo adelante, no queda otra, sigo soñando con mi destino. Soñará él conmigo?. Maldito destino, cómo le echo de menos.
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