Allí, en medio del desierto de Kansas podía ver el cielo infinito, oler el polvo de la tierra que le traía recuerdos de su niñez, podía masticar la paz, sentirse pleno.

De pequeño tenía un caballo de madera con crines de cuerda negra al que acariciaba pensando que era real, y lo fue, se llamaba Far. Había cabalgado con él, se había escapado lejos y a solas muchas veces, en busca de esa tranquilidad que ahora le llenaba. Sabía que ésta sería la última vez que contemplaría aquel paisaje. Los años habían cumplido su misión y además se habían portado muy bien.
Su familia, Tomás y su mujer. Todos formaban parte de sus días y gracias a ellos podía estar allí, en medio del desierto.
Estaba cansado, su cuerpo ya muy frágil apenas podía sujetar tanto hueso y tanta piel, blanca sin pigmentación ni melalina que le protgiese de los fulminantes rayos del sol. Si no fuese por el sombrero, hasta el bello que tenía en la cabeza desaparecería achicharrado. A su lado Far, su fiel amigo, esperaba tranquilo.
No podía haber elegido mejor vida para aprender sobre el verdadero amor. Esta vez transformado en Tomás. Con él conoció el miedo, el dolor, la alegría y la esperanza. Con él había salido a detener bandidos de ocho años, habían cabalgado hasta caer exhaustos, había conquistado chicas en el baile... Tomás había sido su amigo de aventuras, su compañero de hospital, su confidente y su conciencia. El primero que entendería su despedida sería Tomás.
¡Qué cansado estaba!, pero estaba listo. Vió la luz inmensa que se acercaba y se despidió de todos.
Tomás llegó a casa de Kim con su pick-up destartalado. Lucía le vió aparecer desde la ventana y salió corriendo. Desde la puerta entreabierta le preguntó si no estaba Kim con él. Tomás no pudo contestar, sus miradas se clavaron y ambos supieron en ese preciso instante que el final había llegado. Tantos años a su lado, tantas noches en vela, tantas risas y tantas lágrimas y ahora, todo se había acabado. Ninguno podía llorar, sus almas estaban inundadas de tranquilidad y paz. Kim estaba bien. No hubo aspamientos, no hubo drama ni escenas trágicas. Tom se limitó a coger el teléfono para llamar a su mujer, ella era la mejor amiga de Lucía y ahora la necesitaba, pero no acaba de pensarlo cuando apareció a su lado, con la melena negra despeinada y una pregunta en la cara. Ninguno le respondió y ella inspiró hondo.
Fue entonces cuando vieron que algo se acercaba desde el cielo nublado y gris, como el relámpago que sube, una nave. Poco a poco descendió hasta pararse justo delante de los tres. No era demasiado grande, tal vez como un turismo de dos plazas. Allí estaba Kim con una sonrisa que todos creyeron ver algún día pero que nunca imaginaron más sincera.
- Si alguno quiere venir conmigo, este es el momento. Solo puedo llevar a uno. Elegid vosotros.
Deseo, desconcierto, miedo, alegría, tristeza, pánico. Todo y nada. Katrina le dió un beso a Tom, apretó la mano de su amiga Lucía y comenzó a andar. Todos aquellos años de silencio, de fidelidad a su marido y un amor resignado la habían hecho fuerte, muy fuerte. Y sin decir nada se acercó hasta Kim, le cogió la cara con sus manos y le dió un beso. Kim ya lo sabía, la ayudó a subir al biplaza espacial. Echó la mirada atrás y con la misma sonrisa con la que había aparecido, se despidió. La nave despegó lenta en vertical y en menos de dos segundos, desapareció en el infinito del cielo de Kansas. Su tierra natal.