Recuerdo que tuve un novio con veinte años que me preparaba colacao fresquito en pintas de cerveza para recuperar las fuerzas entre polvo y polvo...ummm ¡qué rico estaba!. Me bailaba, me cantaba en play back y me traía uvas a la cama. Un encanto.
Recuerdo que hace veinte años celebré mi cumpleaños con mis amigas cenando hasta que empalmé la cena con una juerga imprevista al lado de un periodista deportivo (entonces despuntaba, hoy está algo más reconocido) y un equipo de baloncesto. Yo, metro y medio mal medido, bailando y bebiendo con todo el equipo de chicarrones en un garito muy famoso de Madrid, hasta que, borrachos mi amigo y yo, terminamos en aquel coche fantástico con suspensión manual, probándome el conjuntito de ropa interior que me habían regalado mis amigas. Jajaja, ¡qué desparrame!.
Recuerdo que una vez al día recibía una llamada interior desde el teléfono de un compañero secreto, e inmediatamente comenzaba un ritual basado en la escapada furtiva al ascensor de la consejería so pretexto de sacar un café de la máquina. Nos encontrábamos en aquel habitáculo cerrado y móvil, pasando de la última planta del edificio al almacén del sótano, y allí nos abalanzábamos el uno sobre el otro, nos sobábamos y nos comiámos la boca, el corazón se me salía del pecho, la adrenalina recorría mi circuito y se me empapaban las bragas. Por institnto, me arreglaba el pelo, me secaba la boca y salíamos del ascensor charlando amigablemente sobre cualquier tema intrascendente que se nos ocurría, sacábamos la coca-cola y el café al más puro estilo CámaraCafé y retornábamos al ascensor para repetir la escena de bajada pero en sentido contrario. Nos despedíamos con una mirada cómplice y regresábamos cada uno a su sitio. ¡Ufff, qué calores!.
Recuerdo que tomaba baños de espuma en mi bañera junto al padre de mi hija, y para que yo no dijese que aquello no era glamouroso, él conseguía convertir la bañera en un yacuzzi natural, a base de aires corporales.¡Qué risa!.
Recuerdo que a menudo me llamaba un amigo para darle a la sinhueso sin límite de tiempo, una hora, una hora y media, dos horas.... unas veces hablaba yo sola, otras le tiraba de la lengua a él, hasta que yo empezaba a bostezar, se me abría tanto la boca que me podía ver a través de la línea de teléfono, momento en el que se daba por satisfecho y me mandaba a la cama. Conversaciones ligadas, mutuo entendimiento, complicidad y mucha mucha confianza para decirnos cualquier cosa. Recuerdo que hasta las broncas, que las hemos tenido, han merecido la pena. ¡Qué gusto tener amigos así!.
Cuando tengo un rato tranquilo, recuerdo, recuerdo siempre momentos buenos y agradables porque los malos recuerdos prefiero aparcarlos en un cajoncito de mi cerebro bajo llave, esos otros ya se activan solos cuando menos te lo esperas.
1 comentario:
Qué recuerdos más preciosos y divertidos :-)
Besos felinos.
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