No sé de dónde viene la frase "quien tienen un amigo tiene un tesoro", probablemente sea un proverbio chino o indio, que son muy dados a los consejos sobre los valores humanos.
El caso es que así lo siento, por ello creo que debo cuidarles. Con ellos río, lloro, me consuelo, me desahogo. Y por ellos, en ocasiones, vivo y sufro. Qué se le va a hacer, soy así de dramática.
Tengo varios grupos de amigos, según el grado de compicidad o afinidad, la asiduidad en nuestras relaciones y el tiempo que llevo a su lado.
Así he llegado a recoger hasta 4 clases de amigos:
- Los de toda la vida, que llevan a mi lado desde que tengo uso de razón. Suelen sufrir conmigo en la lejanía y a ellos me dirijo siempre que necesito sentir el calor de la amistad. Por el contrario, paradójicamente, suelen ser a los que menos veo y a los que tengo más abandonados. Será por aquello de que la confianza da asco. Les quiero como si fueran de mi misma sangre y han sufrido a mi lado estoicamente cada una de las etapas y capítulos que decidido ecribir en mi vida.
- Los íntimos, aquellos a los que confío mis secretos, pensamientos, confusiones, alegrías y penas. Nacieron en distintas etapas, lugares y momentos de mi historia. Les une el grado de confianza y sinceridad con que podemos tratarnos, así como la sensación de que seguirán ahí y se unirán al carro de los pimeros con el tiempo. A algunos siquiera les veo todo lo que me gustaría, pero son y están.
- Los buenos amigos. Con los que paso muchos momentos y mucho tiempo. A los que dedico el ahora y los que me aguantan el presente. En su mayoría cercanos física y confidencialmente. A los que se conoce bien por razones de trabajo o de vecindad y auténticos proyectos de amigos íntimos. Sólo el tiempo y el conocimiento mutuo harán que pasen a ser de uno u otro grupo. Sin embargo, suelen ser ellos los que más me preocupan y por los que más sufro. Imagino que la cercanía hace que ocupen más mi espacio y por esa razón cuento con ellos para el día a día en mayor grado. Son los primeros en saber de mis tragedias y de mis alegrías, y con los que comparto fiestas y duelos. Con los que me río y cabreo por aquello de que el roce hace la unión. Y de los que me aparto silenciosamente cuando, tras muchas afinidades, surge la irremediable diferencia. No por esto último abandono a los que considero buenos amigos. Creo en la amistad verdadera, que es, por experiencia, la que lima diferencias, la que llena mi alma y por la que, cuando haces recuento, te das cuenta de los amigos tan raros y varipintos que tienes.
- Por último están los amigos que quedan por venir. Personas que acaban de hacer aparición en mi vida y con las que intuyo tendré más de una charla. Y alguno, seguro, que aún no conozco.
Tampoco sé de dónde viene el refrán aquel de tener amigos hasta en el infierno, este pensador sin duda era un prgmático, pero sin ellos la vida debe ser un verdadero calvario. Estoy orgullosa de todos mis amigos (con sus virtudes y sus defectos), y decididamente, les necesito para ser feliz y sentirme plena.







