
Hubo un tiempo en que sólo pensar que aquello que sentía podría ser real me producía un miedo infinito. Prefería creer que esa atracción era fruto del subconsciente, o del inconsciente o una ilusión fundada en estúpidos sueños sin sentido. Pero el hecho es que allí estaba y ella era mi amiga.
Eso es, tú lo has dicho, ¡ES TU AMIGA! ¡A-MI-GA!. No es tu novia, ni tu amante, ni tu hermana, ni tu prima. No, no señor, es TU AMIGA.
Podía oler su perfume, su melena caoba le tapaba media cara y al respirar emitía un leve ronquido desde su garganta. Tenía su culo pegado a mi pierna, ardía y yo estaba helada. Entonces giré despacito la cabeza y la miré cómo dormía. Podría haberle apartado el pelo de la cara, o moverla un pelín la cabeza para que respirase bien, pero entonces se hubiesen desatado los demonios y habría acabado besándola, estaba muerta. Cómo la iba explicar aquello que me atormentaba.
Duérmete Nör, tranquilizate, piensa en lo bien que lo habéis pasado esta noche. Joder qué risa nos hemos echado, bueno, quitando el momento en que esos bestias vestidos de camioneros yankees se han puesto a darse de hostias y te ha tocado un puñetazo por estar a su lado. Menos mal que ha sido la excusa perfecta para que el buenorro del camarero se deshiciese en atenciones con nosotras y al final nos ha salido la noche gratis. Con Carmen la noche está asegurada. 
No quería una relación, quería a mi amiga. Quería que esa noche fuésemos la una para la otra, y que al día siguiente saliésemos de nuevo a cazar guaperas. Además, ella era la única que no se escandalizaba, me echaba una sonrisa, levantaba las cejas y ladeaba la cabeza en un gesto de "que lés den por culo a todos vete y fóllatelo, echa uno a mi salud", y al día siguiente no preguntaba.
Ella tenía ese atractivo de las casi feas, el desparpajo, la frescura, la chulería y el ingenio de las hechiceras y un toque agresivo en la mirada de las seductoras, o bordes, depende de cuál fuera el plan.
Sabía que eso terminaría algún día. Que mi entrega, mi admiración, mi sentido de la posesión y mi entrega, que mi infinito amor por ella tocaría techo y se esfumaría. Sabía que nos apartaríamos tarde o temprano. La culpa la tuvo el verano, el primero en el que definitivamente yo trabajaría de becaria en una redacción. Aquellos meses rodeada de periodistas, corresponsales, traductores, teletipos, reuniones, fiestas, ligues, más fiestas, más ligues, cuarentones en su punto, becarios resalaos, jefes convertidos en cómplices... y una ausencia. La de Carmen. Cuando quise recuperarla era demasiado tarde. La magia se había acabado. Un medio novio pululaba al su alrededor y no me quedó más remedio que procurarme yo uno rápidamente o, después de tanto desboque, no podría quedarme en casa ni un solo fin de semana, y la verdad, la idea de convertirme en carabina-añadida no me seducía demasiado. Carmen salió de mi vida sin nisiquiera darme un beso.
No fue la primera, y presumo que quedan pocas a-mi-gas por llegar que hagan palpitar mi corazón. Nunca he confesado mis sentimientos, por vergüenza, pudor, respeto o vete a saber cuántas excusas más. Pero seguro que el miedo acabará con cualquier confesión.
Si aquella noche ella hubiese abierto los ojos y me hubiese preguntado, y si yo hubiese tenido el valor de decirla cuánto me gustaba, por qué la consideraba algo más que una amiga, o qué era lo que me atormentaba, quizás hoy hubiésemos cogido el teléfono para charlar un ratito, poner verde a algún idiota de turno y reirnos hasta la próxima llamada.
Hoy he echado de menos a mis Cármenes.