Hace tiempo que no estoy agusto con mi cuerpo, no me parece el mío, debería ser más perfecto, han pasado los años y ya no está cada cosa en su sitio, se han trasladado varios centímetros hacia abajo. Todas y cada una de las partes de mi cuerpo, siguiendo esa teoría universal de la gravedad, han caído. Pero hoy, además, se une a esta sensación la soledad interior que siento.
A pesar de tener a mi lado la única presencia que da sentido a mi vida, me ha inundado un sentimiento absoluto de soledad. En eso estaba pensando, cuando noté que mi cuerpo ya no era mi cuerpo, que esa soledad había ocupado el lugar allí donde deberían estar los órganos vitales, incluso se había metido en el mismo tuétano de mis huesos. Yo ya no era yo, era un entresijo de tubos de acero hueco, retorcidos, que sonaba a vacío. En qué momento había adquirido esta nueva estrucura?. Llevaría mucho tiempo así sin haberme dado cuenta de ello?, por eso no conseguía estar agusto conmigo misma?.
Ahora, de repente, lo veía todo más claro. Intenté recordar cuándo había sentido por última vez mis piernas en su sitio, mis tetas bien puestas, la papada firme redondeando mi cara, los párpados estirados y jugosos, pero no me venía a la memoria ningún recuerdo, porque en realidad yo no era más que un amasijo de tubos huecos, y eso sí podía encajarlo en el tiempo porque estaba sucediendo en ese preciso instante.
A pesar de tener a mi lado la única presencia que da sentido a mi vida, me ha inundado un sentimiento absoluto de soledad. En eso estaba pensando, cuando noté que mi cuerpo ya no era mi cuerpo, que esa soledad había ocupado el lugar allí donde deberían estar los órganos vitales, incluso se había metido en el mismo tuétano de mis huesos. Yo ya no era yo, era un entresijo de tubos de acero hueco, retorcidos, que sonaba a vacío. En qué momento había adquirido esta nueva estrucura?. Llevaría mucho tiempo así sin haberme dado cuenta de ello?, por eso no conseguía estar agusto conmigo misma?.
Ahora, de repente, lo veía todo más claro. Intenté recordar cuándo había sentido por última vez mis piernas en su sitio, mis tetas bien puestas, la papada firme redondeando mi cara, los párpados estirados y jugosos, pero no me venía a la memoria ningún recuerdo, porque en realidad yo no era más que un amasijo de tubos huecos, y eso sí podía encajarlo en el tiempo porque estaba sucediendo en ese preciso instante.
No había vuelto a ser el mismo desde aquel día fatídico en el que le anuncié al amor de mi vida que me casaba con otra. De eso hacía ya mucho tiempo, unos 130 años atrás. Fui a verla a aquella vieja casa de citas, donde la Madamme, siempre muy solícita conmigo, no me hizo esperar ni un minuto cuando anuncié que venía a ver a Katrina.
- Le está esperando en su apartamento, adelante- Dijo e hizo un gesto educado con la mano dándome paso y señalando a la escalera que llegaba al primer piso de un edificio excesivamente recargado de alfombras, cortinajes pesados y balaustrada de subida.
Cuando entré en la habitación, Katrina estaba sentada frente al espejo de su cómoda, arreglándose aquel recogido por el que dejaba al descubierto su largo cuello. Esa nuca me volvía loco, era irresistible, pues en el momento en que rozaba su piel con mis labios podía saborear su dulzura, aspirar aquel aroma único que nublaba mi sentido y por el que me abandonaba sin remedio. Ella me estaba esperando, sonrió al espejo para que pudiese observar su felicidad reflejada en el cristal. Había esperado impaciente mi regreso,deseaba que la contase los detalles, aquellos que yo considerase necesarios, y sobre todo se moría por abrazarme, pues, a partir de ese momento, empezaba una nueva vida para los dos.
Por fin íbamos a estar solos, dedicados el uno al otro, sin nada ni nadie que perturbase nuestros deseos y el profundo sentimiento que nos unía, pese a nuestras diferencias sociales, culturales y familiares. Pero nada de eso importaba, lo habíamos hablado todo, nos lo habíamos contado todo, y nos habíamos sincerado los dos. Nunca había hablado tanto de mis propios sentimientos, nunca había abierto mi corazón con nadie, como lo había hecho con aquella mujer, bella por fuera y por dentro.
Por fin íbamos a estar solos, dedicados el uno al otro, sin nada ni nadie que perturbase nuestros deseos y el profundo sentimiento que nos unía, pese a nuestras diferencias sociales, culturales y familiares. Pero nada de eso importaba, lo habíamos hablado todo, nos lo habíamos contado todo, y nos habíamos sincerado los dos. Nunca había hablado tanto de mis propios sentimientos, nunca había abierto mi corazón con nadie, como lo había hecho con aquella mujer, bella por fuera y por dentro.
Era preciosa, morena de labios gruesos y pechos turgentes, que dentro de aquel vestido granate parecían quedar expuestos en vitrina para que unas manos, nada inocentes, pudiesen asirlos y llevárselos a la boca, como si de un manjar se tratase. Era una fiesta para mis sentidos, toda ella, su pelo, su piel suave como nunca acaricié otra, sus ojos marrones, su olor, sus caderas que dejaban paso a unas nalgas diseñadas especialmente para mí. ...(continuará)



